Editorial: Pensar los #NuncaMás del presente

 

En octubre de 2019 agregué a mi nombre de Twitter la consigna #MilicosNuncaMás en apoyo a la marcha que iba tener lugar en Uruguay contra la Reforma. Desde entonces, me resulta espeluznante cómo ese #NuncaMás toma nuevos sentidos y sigue siendo tan vigente y necesario, en Chile, en Ecuador, en Brasil, en Argentina (además de lo que ya le daba mil tristes sentidos desde antes: desde la militarización de los barrios populares de Santa Fe, hasta la ocupación de Palestina). Ahora vuelve a tomar nuevos significados con la creciente militarización del globo, donde se aumenta la represión al pueblo (y se alimenta -literalmente- a la élite) con la justificativa de una muy real crisis sanitaria desencadenada por la llegada del #COVID-19 a casi todos los rincones del planeta.

Cuando decimos #NuncaMás, en cierto sentido estamos hablando del presente. El pasado se vuelve parte del presente, y en realidad al hablar de él estamos hablando de lo que siempre hablamos, de lo que nunca hay que dejar de hablar. Tras años de dedicarme al estudio de cómo narramos la historia, ya no puedo ver con ojos ingenuos las periodizaciones canónicas que se repiten por izquierda y por derecha. La violencia represiva no comenzó el 24 de marzo de 1976, ni terminó en 1983. Los quiebres temporales que organizan nuestros relatos hablan más de nosotres, de nuestros intereses, de dónde queremos ubicarnos y que nos ubiquen, que de “lo que pasó realmente”. La violencia sube y baja de clase, se transforma, se reinventa, pasa de manos. Nunca dejemos de verla, venga de quien venga. Acá y ahora.