Editorial, 12: Los azares de la expulsión

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Hace unos días tenía una reunión de equipo por la tarde y esperaba completar una presentación para otro trabajo a la noche, cuando surgió una emergencia familiar a la que había que (–> nótese el impersonal) atender de inmediato. Siendo las personas encargadas de facto de las tareas de cuidado en mi familia, mi compañero y yo tuvimos que suspender todas nuestras actividades y viajar a mis pagos para resolver la situación. No pude asistir a la reunión ni terminar la presentación, claro. Lo que sí pude hacer fue pensar mucho, mientras miraba la ruta pasar por la ventana del micro, en cómo las vueltas del destino van dando forma a nuestras trayectorias profesionales. Cómo la acumulación de esos mandatos, llamados (literales y metafóricos) y sucesivas delegaciones de tareas van alejando a algunas personas de oportunidades que quedan así en manos de otras. Cómo  probablemente ni nos percatemos de los mecanismos por los cuales lo que tenemos en nuestras manos llegó a ellas (y no a otras).

A lo largo de los años fui reinterpretando cada vez más experiencias que ahora entiendo como expulsivas. Como aquella vez que un profesor hizo un “chiste” sexista y cuando levanté la mano y se lo señalé no hizo más que redoblar la apuesta. Algunxs presentes todavía recuerdan ese comentario que, sin demasiado esfuerzo interpretativo, podía traducirse como “para ustedes [las mujeres] no hay lugar acá”. Me resultaba apasionante ese campo de la filosofía, y aun hoy pienso si no debería haberme dedicado a eso. ¿Qué pasó? El día de la firma de libretas, al final del cuatrimestre, el profesor le dijo a un amigo (tal vez buscando algún tipo de complicidad entre machos) que mi trabajo era muy bueno, pero que claramente yo “no los quería nada” así que ni me iban a ofrecer de incorporarme en el equipo (no; aclaro de antemano: de repensar las prácticas de la cátedra no se habló). Pero sólo muchos años después caí en la cuenta de que fue por eso que no me dediqué a ese campo.

El tiempo y el aprendizaje también me llevaron a repensar situaciones que son expulsivas, pero en las que me ubico del lado del beneficio. Por ejemplo, voy aprendiendo a percibir las implicancias de cursar, enseñar e investigar en una facultad en la que los ascensores sistemáticamente están rotos, los baños están generizados, los inodoros no tienen tapa, no hay guardería, las becas tienen límites de edad, entre tantas otras cosas. Por no hablar de la infinidad de “chistes” referidos a otros colectivos que seguramente hayan pasado frente a mí sin que siquiera los haya sabido interpretar como desubicados y expulsivos. En una época de salvajes recortes en el ámbito académico en todo el mundo, los beneficios individuales de que esas personas no sean competencia para quienes quedan/quedamos adentro son innegables.

Pienso en el azar (que, en el fondo, es muy poco azaroso) de cómo se va configurando nuestro curriculum. Cómo docenas o cientos de esas escenas (el viaje para resolver un trámite familiar, el fin de semana dedicado a cuidar a unx pariente, la incomprensión de unx docente ante una justificación médica para faltar, el hecho de entrar a un aula donde todas las personas tienen un aspecto muy distinto al tuyo) se van acumulando, a veces sin que nos demos cuenta, y van llevándonos a los lugares en los que estamos. Y no se trata sólo de quienes dejan la facultad (léase: son dejadxs por ella) o nunca llegan a ingresar -que sería un caso evidente y el punto cúlmine de esta problemática-. Están también esos impulsos en una dirección y en otra, que como una especie de pinball nos van sacando de lugares y arrimándonos a otros. Los equipos de trabajo, los campos posibles de estudio, las salidas laborales, se suman o restan del horizonte de posibilidades que podemos llegar a imaginar, o que el mundo imagina para nosotrxs.

Y ya que hablamos de imaginar horizontes, cabe llevar la pregunta un poco más allá. No se trata sólo de pensar qué golpes de pinball nos trajeron (sumado a nuestra estrategia de juego, claro) al punto en el que estamos, sino también qué rol jugamos en los pinballs ajenos. Pero esa pregunta queda para el próximo viaje.