Editorial, 11: Espejismos de justicia

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Por Moira Pérez

Hay muchos motivos por los que una persona o una institución pueden interesarse por trabajar en el campo de los estudios queer, o de género, trans*, postcoloniales, entre tantos otros. Pueden ser motivaciones personales, relacionadas con nuestro propio recorrido biográfico y dificultades que hemos encontrado, pueden ser intelectuales, nacidas de un interés en reflexionar acerca de ciertos temas y desarrollar más y mejores argumentos (o preguntas), pueden ser casuales o crudamente estratégicas (en muchos casos, las posibilidades de inserción en el campo que realmente nos interesa está obturada para ciertas minorías, mientras que algún campo de los que mencioné puede ser un poco más amigable; en el caso de las instituciones, en algunos contextos está bien visto que incluyan estas disciplinas en pos de la “diversidad”).

“como un espejismo que no desaparece, sino que se refuerza, mientras más nos acercamos a él”

En varias de esas razones, si no en todas, subyace un pequeño truco. Es como una ilusión óptica, pero que puede acompañarnos toda la vida, y se profundiza a medida que nos vamos metiendo más de lleno en nuestro campo – como un espejismo que no desaparece, sino que se refuerza, mientras más nos acercamos a él. Se trata del pequeño desliz entre pensamiento y acción, actos y consecuencias, o academia y “mundo”. Y ese espejismo (entre otras cosas) es el que atrae a mucha gente a estos campos, el que hace que muchxs nos enamoremos de ellos. Ya lo dijo Robyn Wiegman, “estas disciplinas son absolutamente seductoras, ya que la agencia política con la que revisten a sus objetos de estudio y análisis impulsa la creencia profundamente satisfactoria de que la práctica crítica es, en sí misma, el terreno de resolución política”. Así, por el hecho de hablar de justicia estamos haciendo justicia, por hablar de inclusión estamos produciéndola, por hablar de diversidad la estamos incentivando y habilitando. ¡Qué lindo todo! Es ciertamente irresistible.

Pero ¡momento! Porque esta creencia es tan linda que echa profundas raíces, tan profundas que llegan a desactivar cualquier reflexión acerca de nosotrxs mismxs y lo que hacemos. Nuestro tema de investigación parecería de repente permear todas nuestras prácticas, escribiendo “justicia”, “inclusión”, “diversidad” en cada objeto de nuestra casa, nuestro trabajo, en cada acción, en cada reacción, en cada omisión. Mientras más nos metemos en el tema, mientras más gente conocemos que trabaja académicamente en lo mismo que nosotrxs, mientras más leemos y más escribimos, más nos convencemos de que este es el camino. Como el Rey Midas, pero al revés, en lugar de convertir todo en oro por avaricia, cada cosa que tocamos se transforma en justo, bueno, libertario, porque nos impulsa un sincero deseo de hacer el bien (y porque estamos produciendo trabajo intelectual sobre ese tema). Y así, todo ese aparato crítico que aplico al estudio de lo que, desde mi punto de vista, me es ajeno, no llega a percibir lo que está atrás de ese espejismo: que somos personas como cualquier otra, que ni nosotrxs ni nuestro trabajo somos inmunes… e incluso que quizás, tal vez, por ahí, tras años de “creencias profundamente satisfactorias” se nos fue acumulando una pila bastante importante de cuentas pendientes. (Si me encuentro una boleta de la luz perdida en mi casa, y veo que en algún momento le escribí “pagada”, ¿para qué voy a ir a revisar si efectivamente la pagué? Si yo misma lo escribí). No, la performatividad no lo puede todo: hablar de justicia no es hacer justicia, hablar de igualdad no es ser igualitarix (ni mucho menos producir igualdad), hablar de inclusión no es incluir. Igual que escribir “pagada” en una boleta de luz, no es pagarla.

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