Editorial, 10: La educación desarmada

Espero no quebrarle la fantasía vocacional a nadie con lo que voy a decir, pero tal vez sea hora de reconocerlo. Si bien la docencia puede ser una profesión maravillosa, llena de satisfacciones, creatividad, desafíos y vínculos que perduran en el tiempo, también me arriesgaría a afirmar que una buena parte de la cotidianidad de la docencia (al menos en contextos de educación formal) termina teniendo bastante más que ver con la burocracia que con el arte. Llenar planillas, armar cronogramas, calcular puntajes, promediar columnas infinitas de números, son tareas que a veces parecerían ser lo único que hacemos, al modo de aquellos burócratas de Brazil ocultos tras una pila incalculable de papeles que no hacía más que crecer.

brazil

Terry Gilliam, Brazil, 1985

Por suerte hay determinadas situaciones que surgen para desencajarnos de esa rutina, para recordarnos por qué elegimos esto (ya que imagino que nadie se hace docente por vocación de data entry), y para incentivarnos a seguir avanzando. Se nos ocurre algo para trabajar que después sale bien, vemos la transformación en las personas, aprendemos de quienes nos rodean, vemos con el correr de los días que lo que empezó siendo un conjunto de personas sentadas una al lado de la otra se convierte en un colectivo, presenciamos discusiones que dejan pensando y vuelven en encuentros siguientes… Y ahí decimos claro, era esto, y las planillas ya no nos molestan tanto.

También surgen situaciones que nos desencajan, pero en otro sentido. Situaciones ante las cuales nos sentimos absolutamente desarmadxs. Y es ahí adonde quiero llevar la atención hoy. En las últimas semanas, en dos de los espacios en los que doy clase me encontré, en un intervalo de pocos días, con dos estudiantes que estaban pasando por una situación familiar compleja: en un caso, el estudiante tenía a su padre en un estado crítico de salud, y en el otro caso, a la madre. Si bien es indudable que lo central aquí es el dolor incalculable de estas personas, y no es mi intención reducir en lo más mínimo esa prioridad, en estas líneas no voy a concentrar la mirada en ellxs, sino en nosotrxs: en quienes nos encontramos frente a ese dolor desde un rol docente. En medio de la rutina docente, este tipo de situaciones impulsan a aquel burócrata gris a levantar la vista de lo que está haciendo, y ver el resto del mundo. Y darse cuenta de que detrás de todas esas actas, notas, resoluciones y planillas hay personas – personas a las que les pasan cosas.

Pero en esta pequeña escena no se observa sólo eso. También queda en evidencia, y más fundamentalmente, que esas actas, notas, resoluciones y planillas no están pensadas para que pasen cosas así. En los dos casos que mencioné, no pude más que enfrentarme una y otra vez a la conciencia inescapable de que en nuestra profesión no estamos preparadxs para eso. La institución no está preparada, lxs docentes tampoco, el sistema educativo tampoco. ¿El mundo se le viene abajo, de repente tiene que pasar las noches al lado de una cama de hospital, pensar cómo va a mantener a sus hermanitxs, consolar a gente que llora y hacer de cuenta que no quiere llorar también, discutir con médicxs, tomar decisiones que todxs esperamos no tener que tomar nunca? ¿Y qué? La nota tiene que estar igual en esa columna. El presentismo lo tiene que tener. El trabajo práctico lo tiene que entregar. En la clase no se puede dormir.

educación the wall

Alan Parker, The Wall, 1982

¿Y a su docente? ¿Le va a comentar lo que está sucediendo? ¿Y qué va a hacer lx docente en ese momento, cómo lo va a mirar, qué le va a decir? Digo, más allá de los atajos administrativos con los que pueda ayudarle, ¿qué le va a decir? (qué decirle en general a alguien a quien se le está muriendo alguien, ¿no? pero en este caso se suman tantas otras cosas). Muchxs han señalado la ausencia de consideraciones acerca del cuerpo en nuestro sistema educativo. En la escuela media, los cuerpos aparecen una o dos veces por semana, para educación física – el resto de la educación, por supuesto, es “mental”. En el ciclo superior, la educación física ya resulta superflua. Ya a esta altura es una obviedad decir que la educación sí es física, el cuerpo sí aparece, y está todo el tiempo, pero está siendo construido de maneras muy específicas que consisten, entre otras cosas, en que no figure. Hasta que aparecen estas situaciones a las que me referí, y el cuerpo se llena de preguntas: ¿qué hacer ante el dolor ajeno? ¿Cómo abrazar, si estudiantes y docentes no tenemos cuerpo? ¿Cómo responder a las lágrimas que llora ese no-cuerpo? ¡Cuánta incomodidad! ¡Qué daño nos hemos hecho!

Y no se trata solamente del cuerpo. Los límites público-privado también cortan al medio nuestro mundo educativo. Ni siquiera es necesario referirse a casos de violencia intrafamiliar, o violencia de pareja, u otras cuestiones que día tras día insistimos en que no son privadas. Acá estamos ante el dolor profundo y personalísimo de quien se encuentra en uno de los momentos más tristes de la vida. Es privado, sí, porque nadie puede ponerse en ese lugar: siempre hay algo de ese dolor que se escapa, que no se puede relatar, que no se entiende. Pero el espacio educativo es un espacio público, un espacio de interacción, en el que esas vivencias también se ponen en juego, y cambian profundamente la experiencia educativa de quien las está transitando. Ya lo vimos: el sueño, la distracción, la falta de tiempo… esas parecen ser las maneras que la institución tiene de contabilizar el dolor. Y ahí el dolor se hace público, porque no considerarlo es dejar a la persona que sufre en el más completo desamparo. Pero entonces, ¿qué preguntar? ¿cómo preguntar? ¿cuánto está bien que lx docente sepa? ¿cómo se va a meter así en la vida del estudiante? ¡Es una relación de poder! ¿No está excediéndose en sus atribuciones?

Nuestra formación y nuestra cultura acerca de lo que es la educación formal nos han traído hasta este punto en el que ante algo tan básico como el dolor de otro ser humano no sabemos qué hacer. Es indudable que necesitamos descongelar esa dureza frente a nuestrxs hermanxs. ¿Pero cómo aprender a preguntar, a abrazar, a acompañar esas lágrimas? ¿Y cuándo aprenderá esa burocracia nuevos modos de ser, que hagan lugar a ese dolor cuando está, y no expulsen a esos cuerpos y esas emociones de sus planillas – y de sus aulas?

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