Editorial, 9: Elitismo educativo y el Síndrome de Estocolmo

Hoy escribo con un profundo dolor en el corazón. Es de esos días en que escribir sirve para sacar para afuera la tristeza que inmoviliza, convirtiéndola en palabras.

Hace casi dos años que asisto a un espacio de formación junto con otrxs colegas docentes. Nos conocemos bien, y sabemos que todxs trabajan en entornos con una fuerte vulneración de derechos (barrios marginales, contextos de encierro, patologización de los trayectos educativos más complejos, entre otros). También sabemos que una parte considerable del grupo ha hecho un gran esfuerzo para poder acceder a la educación superior, y hace un gran esfuerzo para poder estar ahí hoy.

En los últimos encuentros viene surgiendo en clase el tema del elitismo de las universidades. Partiendo de la premisa (particularmente relevante en los tiempos que corren) de que afirmar que la universidad es elitista no tiene que ser una razón para desmantelarla, sino para defenderla y mejorarla, nos preguntamos si la universidad es elitista, y qué significa eso. Un profesor afirmó que desde su punto de vista, la universidad pública hoy en día no es elitista, porque en el inicio de la carrera en la que enseña ve estudiantes que son tal vez primera generación de universitarixs en sus familias, y que muestran grandes dificultades para seguir las clases y evaluaciones porque no tienen los recursos simbólicos y habilidades intelectuales requeridos para avanzar. El profesor dio el ejemplo de un par de solicitudes aparentemente sencillas, tales como captar el concepto principal de un texto breve o leer de corrido. A los pocos meses estxs estudiantes abandonan, y lxs que terminan son muy pocxs en relación con la cantidad que ingresó. Sin embargo, aquellas personas que tuvieron que abandonar por no poder estar a la altura de la exigencia “tuvieron la oportunidad de estar en la Universidad, conocer esa experiencia, transitar las aulas y los pasillos de la Universidad pública”. Conclusión: la universidad pública no es elitista. “En mi época sí era fuertemente elitista: nosotros fuimos los primeros hijos de obreros que entraron en la universidad, y los profesores nos miraban mal, nos hacían pasar mal porque se notaba que no éramos de su clase”. De acuerdo al profesor, eso es algo que quedó en el pasado. Hoy en día la universidad tiene sus puertas abiertas para todxs.

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Me sentí absolutamente consternada ante semejante discurso, y expresé mi desacuerdo. Le dije que el ingreso es sólo uno de los factores a tener en cuenta para pensar este problema. Que la universidad será elitista mientras no garantice, además del ingreso, también la permanencia y el egreso de todas las personas que quieran hacerlo – no sólo de quienes ya traen ciertas capacidades y herramientas desde antes, o de quienes tienen los recursos para sostener ese recorrido. Que un sistema educativo que de entrada prevé que las personas que egresen serán un mínimo porcentaje de las que egresan, es expulsivo y elitista, porque ¿qué mensaje le está enviando a quienes entran y tienen dificultades? Que no hay lugar para ellxs; que ya se sabe que no van a sobrevivir, que eso es parte del proyecto educativo. Agregué que la inclusión sin calidad es una mentira: la educación para ser inclusiva tiene que ser de calidad, y el mero hecho de dar un título es una estafa si no se ofrecen con él las herramientas necesarias para interactuar en el mundo, hacer los propios proyectos de vida y llevarlos adelante, insertarse en un mercado profesional si eso es lo que la persona quiere, o simplemente poder comprender los discursos que le rodean y pensarse como sujeto de derechos y deberes.

 

On a plate, por Toby Morris. Elitismo educativo y Síndrome de Estocolmo, por Taller de Teoría Queer

 

Comenté que en el ámbito de las humanidades en particular, a esto se añade que incluso entre quienes logran recibirse, existe una diferencia radical, que muy probablemente marque el destino de lxs egresadxs: quienes pudieron estudiar en un entorno económica y simbólicamente favorable, tuvieron tiempo para juntar otro tipo de antecedentes: tienen tiempo y dinero para ir a congresos, formar parte de grupos de investigación, escribir artículos, hacer capacitaciones adicionales, hacer contactos, etcétera. Hoy en día este tipo de antecedentes son fundamentales para el éxito en casi todas las salidas laborales disponibles para estas disciplinas. Al momento de terminar la carrera, al presentarse a un concurso por cualquier puesto, cargo o beca, quien la hizo holgadamente tiene esos “puntos”, y quien la hizo en el turno noche luego de trabajar 8 horas diarias (en trabajo externo, y/o doméstico, y/o de cuidado, estas últimas usualmente en manos de mujeres), viajar largas horas en tren desde y hacia su casa, etcétera, no los tiene. Adivinemos quién gana.

Finalmente, expresé que desde mi punto de vista esa idea de la educación se sustenta en un paradigma supuestamente meritocrático, pero que es en realidad la fachada de un sistema de privilegios, que no solamente deposita la culpa sobre quien no sobrevive al sistema (“no se esforzó lo suficiente”, “no quieren estudiar”) sino que también deja la conciencia limpia a quien sí lo logra, porque le hace creer que es exclusivamente a causa de su mérito individual, y no de los privilegios que porta y de un sistema que está diseñado para que sobrevivan sólo algunxs, a expensas de otrxs.

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No fui la única en participar del debate. Algunxs compañerxs hicieron sus propios aportes, a favor o en contra de la idea del sistema universitario como elitista. Hubo dos participaciones que hicieron que la indignación que me había causado aquel comentario inicial del profesor se tradujera en dolor. Una profunda tristeza al constatar hasta qué punto el ser humano es capaz de hacerse daño, de introyectar aquello que nos perjudica, reforzar las inequidades – no sólo las que nos benefician, sino también aquellas de las que somos víctimas permanentes.

Unx de lxs docentes explicó que no creía que el problema fuera el elitismo: las universidades no son elitistas; el problema es que lxs estudiantes llegan sin ganas de estudiar, no se esfuerzan, esperan tener todo servido. El problema es la falta de voluntad.

Otra dijo que ella no estaba de acuerdo con la idea de elitismo, porque la responsabilidad es de cada quien, y particularmente de lxs padres que tienen que dar un ejemplo de esfuerzo y resiliencia. Nos contó que ella había hecho grandes esfuerzos para poder estudiar, y lo había logrado. Empezó de grande, teniendo hijxs, trabajando por horas, sin dinero para comprar fotocopias, copiando a mano las partes más importantes de los textos en la biblioteca. Y pudo. Y ahora ese es el ejemplo que les transmite a sus hijxs, que siguen una carrera. “El que quiere, puede”, decía una y otra vez (y varixs en el salón asentían). Hay que ponerle voluntad, y sale. No hay excusas.

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Hace tiempo que vengo pensando en esta especie de Síndrome de Estocolmo que parece aquejarnos con frecuencia en estos tiempos tan difíciles.

Síndrome de Estocolmo: “Trastorno psicólogico temporal que aparece en la persona que ha sido secuestrada y que consiste en mostrarse comprensivx y benevolente con la conducta de lxs secuestradorxs e identificarse progresivamente con sus ideas, ya sea durante el secuestro o tras ser liberada.”

Adherimos a movimientos políticos y sociales que nos violentan, excluyen y vulneran. Sentimos como propias a “comunidades” que no son más que proyectos de individuxs que nos usan para ascender con sus propios intereses. Sacamos un número y esperamos en esa fila que cada vez nos aleja más de nuestros derechos: ya falta poco, ya nos va a llegar, ahora se están ocupando de eso otro -que es muy importante, claro- y después nos tocará el turno. Introyectamos discursos que nos oprimen, los reproducimos, los defendemos a capa y espada. Encontramos nuestro lugar en relatos que no están hechos para nosotrxs, ni sobre nosotrxs, ni por nosotrxs. Pero que sí necesitan que haya alguien -nosotrxs, alguna otra persona, no importa- que lo milite y lo confirme con su propia carne.

Y así nos encontramos con personas que se enfrentan a diario con las prácticas más expulsivas del sistema educativo, que las vivieron en carne propia, que vivieron esa selectividad por la cual los derechos pasan a ser privilegios, y cada paso es una carrera de obstáculos. Personas cuyo horizonte ha sido tan amputado por la injusticia, que llegaron a creer que lo que tienen fue elegido de manera absolutamente libre entre infinidad de opciones. Personas que ven a diario a estudiantes hambrientxs, víctimas de violencia institucional, incapaces de sentarse más de algunos minutos en clase porque necesitan consumir. Estudiantes incapaces de imaginar siquiera qué hay más allá de esa inmediatez. Personas que portan en su cuerpo y ven en los ojos de sus estudiantes un sistema elitista, expulsivo, un embudo diseñado para que lleguen pocxs – y no precisamente lxs mejorxs, sino lxs que pueden llegar, lxs que ya tenían su camino marcado desde antes.

Pero surge una historia esperanzadora, inspiradora, que sirve de consuelo para quienes llegaron cómodamente (pues les permite deslizarse dentro de esa historia como si fuera propia, como si ella fuera muestra de que todxs logramos todo gracias al mérito), sirve de relato heroico para quien lo vivió (y lo es, sin dudas), y sirve de moraleja para quienes vienen atrás: si yo llegué, vos también podés: sólo tenés que esforzarte. Porque además, agregaba alguien más tarde cuando lo conversábamos, ese es el mensaje que transmitirán a sus estudiantes: “el que quiere, puede”. Que muchas veces termina siendo, aun tácitamente: “si no pudiste, es porque no quisiste”.

La universidad pública no es elitista. Está abierta a todxs por igual. Quien no sobrevive en ella, es porque no quiso – porque su vocación no era esa, o porque no quiso esforzarse.

Llegué a casa y lo conversé con mi compa. Escribí. Volví a buscar este comic de Toby Morris y se lo envié a todo el grupo, sugiriendo que tal vez sirva de recurso para quien quiera trabajar el tema en clase en sus respectivas escuelas o cursos. A mí ver esas imágenes que nos trae Morris me llena de tristeza también, pero es la tristeza que nace cuando nos enfrentamos a las injusticias del mundo que nos rodea. Esa es la tristeza que moviliza e impulsa a pensar otros mundos. Gracias por leerme y compartirla conmigo.

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