Editorial, 8: Acerca de lo queer como “importación”

Hace unos días me encontré respondiendo a una pregunta que aparece una y otra vez en el camino de quienes enseñamos o trabajamos con los estudios queer. Se trata de la inquietud acerca del carácter “importado” (léase: imperialista, vendepatria, entre otras gracias) del término “queer” y lo que él conlleva. Comparto aquí algunas reflexiones al respecto, que creo que valdría la pena seguir discutiendo.

Esta crítica, que rechaza el término “queer” por ser “importado”, es sumamente interesante en tanto habla bastante de cómo entendemos nuestra propia identidad argentina o incluso latinoamericana. “Queer” es una palabra que llegó de los Estados Unidos durante los años noventa del siglo pasado, generalmente de la mano de quienes se identificaban como tales o se sentían atraídxs por la propuesta que está por detrás del término. En ese sentido, este término no está solo; muchas otras palabras que utilizamos para referirnos a cuestiones de género, sexualidad, identidad, etcétera, son palabras igualmente importadas: homosexual, heterosexual, transexual, transgénero, bisexual, entre otras. En primer lugar, porque ellas provienen del idioma inglés, o en algunos casos del alemán. Pero también son importadas en dos sentidos más profundos.

Son importadas porque el idioma español no es el idioma nativo de esta tierra ni son las personas de ascendencia europea las dueñas de esta tierra. La cultura europea acalló y en algunos casos hizo desaparecer por completo otras configuraciones muy diferentes y complejas de lo que es la sexualidad, el género y la identidad subjetiva. Hasta podríamos decir que en algunos contextos locales, hablar de sexualidad o género, e incluso de identidad subjetiva, es algo que carece de referente. En ese sentido, decir “yo soy marica, a mí no me van a decir que soy queer porque eso es imperialista”, en realidad es decir “yo soy marica, elijo ese imperialismo -porque ese término me identifica, en ese imperialismo me siento incluidx- por sobre el imperialismo de lo queer”.

Pero también digo que son palabras importadas porque los términos que a veces se enarbolan como alternativa a “queer” son términos forjados no por las personas que los viven en carne propia, sino por la medicina y la psiquiatría. En estos casos resulta particularmente interesante que algunas palabras parezcan más “propias” que otras: ¿quién tiene que acuñar un término para que no nos parezca “importado”? La historia de este campo en particular parecería tener una respuesta que seguramente no nos va a gustar: la medicina, la psiquiatría, el Estado como ente controlador de subjetividades, son los que podrían acuñar términos que, dándoles el tiempo suficiente, terminaremos blandiendo como propios.

Para que quede claro: si me preguntan a mí, digo que cada persona se identifique como quiera. No me parece que sea el lugar de nadie definir qué términos valen y cuáles no. Queer es un término que -como tantos otros- puede ser útil para algunas personas, y es algo positivo que esté disponible para quien se sienta identificadx con él. Lo que no hay que perder de vista, sin embargo, es que el argumento de “eso no porque es imperialista”, en el contexto argentino o incluso sudamericano (por no hablar de otros), es falaz, porque la plataforma misma desde la cual estamos debatiendo (por ejemplo, la idea de la sexualidad o el género como un campo autónomo y delimitado del ser humano) es una importación que no pidió permiso a nadie para instalarse.

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