Editorial, 6: Los “espacios seguros”

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“No necesito ‘espacios seguros para las personas trans*’
Necesito espacios peligrosos para el cisexismo”

Así lo decía Éris hace unos días, y me pareció una manera concisa y efectiva de resumir una problemática que surge una y otra vez cuando se habla de discriminación y violencia dentro del ámbito “progre”/”activista” (y cualquier cantidad de comillas que unx le agregue a esto siempre es insuficiente).

La idea de “espacios seguros” suele referirse a garantizar ciertos contextos específicos en los que las personas que son violentadas en otros ámbitos (por ejemplo, personas trans que enfrentan a diario la transfobia en la calle, en el trabajo, en la escuela o la universidad, en la familia) puedan sentirse a salvo de esas violencias.  En muchos casos, se entiende que esos “espacios seguros” son los espacios de activismo.  El Encuentro de Mujeres, que se realiza todos los años en la Argentina, es un caso emblemático: un evento realmente multitudinario de tres días de duración en el que no se aceptan varones (y, hasta hace unos años, tampoco se aceptaban mujeres que no fueran cis), bajo la premisa de que mientras se restrinja a mujeres exclusivamente se podría asegurar una instancia de diálogo y camaradería con “sororidad”, armonía y respeto.

Pero esa especie de guetización del bienestar ya es toda una violencia en sí misma. ¿Por qué si las personas que no son blanco de esas violencias pueden circular libremente por todos los espacios, aquellas que sí lo son deberían conformarse con un menú restringido de posibilidades? En mi experiencia, generalmente la idea de un “espacio seguro” es una propuesta o invitación de parte de quienes no sufren en carne propia esa violencia, a modo de gesto inclusivo hacia aquellas personas que sí la padecen.  Entonces, en lugar de inhabilitar la violencia, la discriminación y la “fobia”, habilito un espacio específico en el que, desde mi punto de vista, esos riesgos no van a estar.  Los riesgos que mi propia presencia y mi posicionamiento plantean, rara vez lleguen a formar parte de esa ecuación crítica – después de todo, ¿no soy yo quien está proponiendo una salida al problema?  Y sin embargo, nadie tiene una sola pertenencia identitaria, y muy probablemente lo que me convierte en una “persona segura” en una instancia (por ejemplo, ser una mujer que va al Encuentro), me convierte en un riesgo potencial en otra (por ejemplo, en el marco de un Taller del Encuentro presto menos atención cuando habla una mujer que milita en un barrio en el que vive, que cuando habla una universitaria). Si considero mi presencia como “segura” a priori, entonces no voy a atender a las violencias que sí puedo ejercer desde alguna(s) de esas pertenencias. Ni a las que pueden ejercer mis compañerxs, e incluso el espacio físico que sostengo.

Y es más: en su blog Sex Geek, Andrea Zanin argumenta que, en realidad, los espacios seguros no sólo son peligrosos, sino que son imposibles: sólo estaríamos segurxs quedándonos solxs en casa, donde podamos controlar absolutamente todo lo que sucede (y, yo agregaría, ni siquiera ahí).  Por eso, dice: “Eso ‘seguro’ no es real, y como tal creo que no vale la pena invertirle energía.  En mi opinión, es mucho mejor crear espacios donde haya algunas pocas reglas claras de comportamiento aceptable (que no depende de ningún tipo de identidad o status, ya sea de género u otro), una expectativa explícita de amabilidad y buena fe, y una o varias personas que estén a cargo de allanar las cosas si salen mal”.

Como yo lo veo, la apuesta debería estar no en poner algodones alrededor de un lugar en particular, sino más bien en terminar con aquellas prácticas violentas – que están tan naturalizadas que la única alternativa que llegamos a proponer es sustraerse de los lugares donde se producen (o incluso que la persona que recibe esas violencias se sustraiga, mientras lxs demás seguimos yendo).  Y terminar con esas prácticas implica no dejarlas pasar en ningún tipo de espacio. Que los espacios sean “peligrosos”, como dice Éris, para esas prácticas violentas, significa que no pasen por la puerta. Y que si pasan, si se cuelan, que sean expuestas, señaladas, impedidas por todxs, en vez de dejar solas a las personas que las tienen que soportar (solas en el trabajo de señalar la violencia, solas en el transitar esa violencia, solas en su casa mientras nosotrxs seguimos saliendo a espacios que son violentos hacia otra gente).  Pero para ver esas “inseguridades” del espacio, tengo que considerar que es posible (o incluso probable) que existan.

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