Editorial, 5: Investigar, ¿para qué?

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Para que sirve la Investigacion

“Un grupo de investigación debería preguntarse primero qué problema quiere resolver, y después ver qué hace para resolverlo”. Así de simple me lo dijo Blas Radi un día, y para mí fue como una especie de giro copernicano académico.
En los años que hace que me relaciono con la academia, grupos, cátedras, personas que investigan, colectivos de trabajo, etcétera, escuché varias explicaciones del motivo que nos lleva a elegir un determinado tema de trabajo: “me interesaba este tema y nadie estaba trabajándolo”, “leí est* autor* y me gustó”, “me dijeron que si trabajás este tema tenés buena llegada en el extranjero” (sí, lo juro, y no es la revista Paparazzi, es la alta academia), “me ofrecieron participar en este grupo y acepté”, “no tengo tema y este me gustó cuando cursé”… Pero muy rara vez escuché personalmente a alguien que eligiera un tema en función de su urgencia o gravedad, y/o que lo hiciera con el objetivo de aportar contribuciones concretas para lograr un cambio. Recuerdo, sí, haber escuchado a Rita Segato decir en una conferencia en UNSAM algo así como que nuestro trabajo como antropólogos y antropólogas tiene que estar puesto al servicio de las comunidades para las que podemos contribuir; si no, no tiene sentido. Por eso, el trabajo de Segato en gran parte es itinerante, yendo a los lugares en los que su perspectiva antropológica puede hacer algún tipo de diferencia en las luchas que llevan adelante distintos colectivos (recuerdo por ejemplo el estudio que le encargaron sobre los femicidios de Ciudad Juárez, y sus aportes a la fundamentación de la ley de cupo racial en Brasil).
También encontré este texto de Stuart Hall, en el que relata el surgimiento del Centro de Estudios Culturales del que formaba parte, y las dificultades de insertar esta nueva área en las universidades (la inglesa, en su caso):

“No era posible presentar el trabajo de los estudios culturales como si no tuviera consecuencias políticas ni alguna forma de compromiso político, porque lo que estábamos invitando a que lxs estudiantes hagan era lo que nosotrxs mismxs habíamos hecho: involucrarnos con algún problema real, allá afuera en el ‘mundo sucio’, y hacer uso de la enorme ventaja que se había otorgado a un puñado de nosotrxs en el sistema educativo británico, que habíamos tenido la oportunidad de ir a la universidad y reflexionar sobre esos problemas, usar ese tiempo de manera útil e intentar comprender cómo funcionaba el mundo. Por lo tanto, si venía alguien y me pedía que le sugiera un proyecto interesante que pudiera hacerse en estudios culturales, esa persona no sería una buena candidata para nosotrxs en el Centro [de Estudios Culturales], porque no era alguien que ya se hubiera involucrado y comprometido con el campo de estudios que parecía interesarle. (Personalmente, todavía no entiendo cómo las personas pueden conducirse hasta el final de sus Doctorados trabajando problemas que no piensen que importan. Entiendo cómo comienzan, porque el atractivo de una carrera propiamente dicha y un trabajo al final de ella siempre nos motiva a empezar; pero cómo uno puede terminarla tres o cuatro años después, no logro entenderlo). Entonces, desde el principio decíamos: ¿Qué te interesa? ¿Qué realmente te inquieta de las cuestiones de la cultura y la sociedad hoy? ¿Qué realmente pensás que es un problema que no entendés en la terrible interconexión entre cultura y política? ¿Qué cosas de la manera en que la cultura británica atraviesa actualmente esta especie de crisis postcolonial y posthegemónica realmente te afecta en tu experiencia? Y a partir de ahí, encontraríamos una manera de estudiarlo seriamente.”1

Después, conversando con Blas pensábamos, en cambio, en la dinámica de conformación de muchos de los grupos y proyectos que nos rodean (aunque no todos, claro). El proceso suele ser algo así como: 1- Tenemos ganas de armar un grupo; 2- ¿Qué tema trabajamos? 3- A ver, qué viene trabajando cada un*, qué temas nos dan curiosidad, qué tema puede servir como hilo para juntar todo lo que está haciendo cada quien por su parte, qué tema nos garantizaría el acceso a financiación… 4- Bueno, vamos con este; 5- Apliquemos a un subsidio; 6- Conseguimos el subsidio; ¿ahora qué hacemos con la plata?
Ahora bien, la pregunta es: en todo esto, ¿dónde queda el trabajo conjunto con nuestras comunidades? ¿Quién determina la agenda de prioridades, necesidades y urgencias de nuestro campo? ¿Cuáles son los intereses que ponemos en juego al abordar nuestro trabajo? ¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿Se trata de obtener una beca o un subsidio? ¿Se trata de obtener reconocimiento público de nuestro trabajo? ¿Confiamos en una especie de teoría del derrame en la que desde nuestro diálogo intra-académico eventualmente se desprendan cambios en la comunidad? ¿Hay algún atajo para hacer que esta cadena sea más eficiente? ¿Qué medios tenemos para lograr la supervivencia profesional, pero sin alejarnos del “juramento hipocrático” de cada una de nuestras profesiones?

Respuestas no tengo, claro… No es mi tema de especialización 😉

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Cita: Hall, Stuart (1990). “The Emergence of Cultural Studies and the Crisis of the Humanities”. October, Vol. 53, The Humanities as Social Technology, (Summer, 1990), pp. 11-23.

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